La práctica de la misericordia como fundamento de convivencia entre autóctonos y extranjeros-inmigrantes

VOMCAGLO JAV-1 2016 GE

John-Anderson Vibert

Hoy en día, sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que el término misericordia en su significado práctico ocupa un papel muy relevante en las reflexiones y acciones socio-pastorales de diferentes instituciones y organismos católicos. Desde el actual magisterio pontifical, pasando por el de la Iglesia local, hasta las múltiples formaciones al encuentro para laicos comprometidos, se ve cada vez más determinante la línea de acción socio-pastoral derivada del esfuerzo patente de la Iglesia misionera y casa de todos por implementar una verdadera práctica de la misericordia, como testimonio clave del Evangelio en nuestra sociedad plural.

Este esfuerzo no es y no será tampoco en vano, sino más bien profético. Se trata de anunciar el amor de Dios para con todos, denunciar todo lo contrario a este amor liberador e invitar al mismo tiempo a la metánoia, a la conversión socio-pastoral bien definida e ilustrada en la Evangelii Gaudium[1]. Dicho de otro modo, se trata de ir descubriendo y acogiendo la acción continua de Dios en nuestra humanidad, en nuestro quehacer, en nuestras tristezas y alegrías, en nuestras debilidades y fuerzas. Una acción misericordiosa cuyo sentido se remonta a la historia del caminar de Dios con la humanidad y que, de hecho, exige del hombre una convivencia humana en sus relaciones sociales. Así pues, ser misericordioso para con el otro, el próximo, no es, ni puede ser una ideología socio-política. El ser misericordioso tiene que ver con el Ser mismo de Dios: el modo como Él se dice creando perennemente a toda la humanidad.

Dios es Amor (1Juan 4, 8). San Juan y San Pablo II nos recordaron esto muy bien[2]. Y hoy, con nuestro noble esfuerzo de ser misericordioso en lo que somos y hacemos, tenemos que mirar a Dios en la historia para reconocer su bondad, su amor y tornar su Espíritu vivo en nuestro quehacer cotidiano. Así pues, podemos reconocer sin duda alguna a un Dios que por amor se reveló a nosotros como Padre Creador, Padre Libertador y Padre de la vida respectivamente en la creación, en la historia del pueblo de Israel y sobre todo en la Resurrección del Hijo eterno y exaltado, ‘la misericordia de Dios hecha carne’[3] que nos hace visible el amor trinitario para la construcción de un mundo más humano. A la luz de todo lo dicho, la misericordia no puede no ser el lenguaje más maravilloso del acontecer de Dios en la historia de la humanidad. Y por tanto ser misericordioso no es nada más y nada menos que hacer todo con un corazón abierto al amor del Resucitado. Es un compromiso profético cuya finalidad es la creación de encuentros: encuentro consigo mismo, con Dios y con los demás; encuentro particularmente con personas de nacionalidad, etnía, cultura y lengua diferentes. Sin embargo, esto comporta cambios y transformaciones desde el corazón y la vida de la persona que practica la misericordiosa.

 Siendo el mismo amor de Dios, la fuerza de la misericordia transforma los corazones de piedra en corazones de carne. Extirpe del corazón tanto del autóctono como del extranjero-inmigrante el odio, el miedo, las ofensas, las tinieblas, la ignorancia, la incertidumbre, la división, la desconfianza y la desesperación, que infelizmente les transforman en esclavos de vicios, prejuicios y complejos deshumanizantes, para que liberados de los mismos tengan en el encuentro una nueva vida. Una vida llena de amor, de confianza, de perdón, de luces, de verdades, de fe, de unidad y de esperanza. Sólo un corazón transformado, renovado, limpio, que sabe amar, puede abrirse al extranjero-inmigrante para entenderlo, reconocerlo y acogerlo escuchándolo. Hay que decirlo fuerte y claramente: no hay espacio para el otro, los hermanos inmigrantes, los refugiados, los desplazados y los apátridas, en un corazón encerrado y endurecido por las fuerzas del odio, del miedo, de la ignorancia y de la injusticia.

Dichosos son los que tienen un corazón sensible y abierto a las dificultades y calamidades del extranjero-inmigrante y del refugiado. Ellos reciben muchas veces sin saberlo un don extraordinario, el regalo más precioso del Dios de la vida. Del Padre eterno y misericordioso de nuestra común humanidad reciben el amor como fuerza creadora, liberadora y transformadora de sus relaciones verticales y horizontales. Las primeras son relaciones llevadas a cabo desde la fe y el encuentro con Dios; las últimas son las interpersonales, sociales, mantenidas en el encuentro con los demás y sobre todo en la apertura a las personas que, por varios motivos, tuvieron que huir involuntaria o voluntariamente de su tierra natal en busca de una mejor condición de vida.  

La práctica de la misericordia por parte de quien se abre con alegría y sin miedo a lo nuevo y diverso, a los necesitados y excluidos de la sociedad, es el fruto y la expresión más concreta de nuestros encuentros con Dios testimoniados en nuestros buenos comportamientos para con los demás, particularmente con los más humildes, los migrantes y refugiados. En este sentido, el encuentro verdadero y auténtico entre los pueblos, los lazos entre autóctonos y extranjeros-inmigrantes que trasciendan las diferencias étnicas, culturales, lenguísticas, sociales, políticas y religiosas, los mecanismos, los modelos y procesos de integración vigentes, constituyen en su conjunto el lenguaje de la misericordia como bien y bienestar del otro y de todos, en el marco de la necesaria redefinición y reconfiguración de las respuestas a los desafíos cada vez más crecientes del fenómeno de la movilidad humana.

 La misericordia, dice repetidas veces el Papa Francisco[4], tiene un rostro. Este rostro humano y contextual tiene que ser descubierto, identificado, reconocido y acompañado con mucho amor, es decir con mucha humanidad en el marco de la pastoral migratoria. En el mundo de la movilidad humana, hay que practicar la misericordia como promoción de la convivencia y cohesión social para construir así puentes entre autóctonos y extranjeros-inmigrantes, y no muros. Los migrantes siguen siendo cada vez más protagonistas de la continua renovación de la sociedad humana[5]. Los países receptores hacen y seguirán haciendo frente a la integración, entendida como uno de los retos connaturales a los procesos migratorios. De ella no tienen solamente que preocuparse con miedo, sino también y sobre todo ocuparse con optimismo.

¡Viva la convivencia entre los pueblos!


[1] Papa Francisco, Constitución Evangelii Gaudium, 25-33.

[2] Cfr. 1 Juan 4, 7-21; Juan Pablo II, Encíclica Deus Caritas est, nn. 2-18.

[3] El Papa Francisco, en la audiencia general del miercoles 9 de diciembre de 2015, nos dio a entender a Jesus-Cristo como ‘misericordia hecha carne’, el ‘Dios misericordioso’ del qual tenemos que ser testigos para contruir un mundo más humano. Cfr. PAPA FRANCISCO, Audiencia general, Miercoles 9 de dicidembre de 2015, http://m.vatican.va/content/francescomobile/es/audiences/2015/documents/papa-francesco_20151209_udienza-generale.html. Cfr. http://mobile.avvenire.it/Chiesa/Pagine/udienza-del-9dicembre-2016.aspx

[4] PAPA Francisco. Il Papa: Misericordia per un mondo più umano. http://www.avvenire.it/Chiesa/Pagine/udienza-del-9-dicembre-2016.aspx, consultado el 7 de junio de 2016.

[5] Cfr. G. Danesi – S. Garofalo, Migrazioni e accoglienza nella Sacra Scrittura, Grafiche Messaggero di S. Antonio, Padova 1987, 105.